Cuando buscamos el éxito, siempre está en la razón, hay que ser el
primero en todo. Se presenta una lucha
constante en la búsqueda de la inteligencia para ser el primero sin importar
las barreras que haya que superar.
Pero el hombre se olvida de lo
más importante de la vida, que los extremos nos traen problemas, por más que la inteligencia dictamine el éxito
o fracaso. El que tiene el éxito dice en
su interior, que es su inteligencia y esfuerzo, no ser vago. Sale a rebotar la
soberbia para discriminar al otro, marcar un camino de solitario, la bandera de juzgar.
Mientras que el perdedor
discriminado, con la autoestima en el suelo, culpando al otro, de su fracaso, la soberbia de mirarse el ombligo en un camino solitario con
la bandera también de juzgar.
La inteligencia no ha dado
solución porque no ha podido manejar las emociones, de cambiar los estados
emocionales positivamente, ni
relacionarse para conocer al otro. Todo
esto lleva al fracaso, no saber trabajar en equipo.
Un pueblo no puede ser productivo
por estos errores de inteligencia que divide, por el egoísmo, que lo aprovecha como una oportunidad la clase
política, para el discurso de la campaña, el ofrecimiento vano de querer arreglarte la vida.
La respuesta para el verdadero
éxito está en saber amar, de estrechar la mano al que está en el suelo. De
susurrar al oído, que el sol sale todos los días, que todos los días son
oportunidades para alcanzar el éxito.
Hay que saber trabajar en equipo,
con la sabiduría de Dios, que lo espiritual
abre el camino estrecho en una perimetral de oportunidades. Que la verdadera inteligencia sea amar para
el éxito del gozo y la paz.
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