El hombre se enfrenta diariamente
a siete fuerzas del mal que son: Lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia
y soberbia. Que separa la esencia de la creación del hombre de paz y amor, a la
des comunión para ser esclavos de la concupiscencia
de su propia verdad.
Hay una voz que clama, la
conciencia de cambiar, que el consumo del marketing no se eleve a los escalones de la avaricia por la
simple soberbia de querer Ser, comercializando la lujuria de excitar a los
sentidos, por la pereza de dar cavidad a su propia debilidad, dejar ir a la
esencia de la vida. El amor al prójimo.
El no experimentar el amor al
prójimo por el apetito al poder intrínseco, de la ira de sí mismo, culpando al propio Dios, de su propia
envidia de no saber Amar. La gran verdad
del hombre, que busca tapar esta realidad con la caridad de las migajas, que arrincona en el espacio que siempre
esperar llenar. Luchar contra la
corrupción, destapando la olla de la fanesca, con la sonrisa de la navidad.
La hipocresía de amar al prójimo,
la realización de las novenas, el golpeo de pecho e invocando la palabra DIOS.
El estreñimiento de la razón para dar el abrazo de la paz y el beso sin la
vibración del verdadero amor.
Incongruencias que el hombre
vive, acompañado de la ira, desamor, también del amor entre comillas, sin la
profundidad de conocer la misericordia del Padre.
En esta navidad podamos pedir el
Espíritu de Dios para ser niños, la inocencia del niño que siempre está
buscando al padre, pidiendo el perdón para vivir bajo el cobijo de su propio
amor. Extender las manos para llenar el vació. Aprender amar, aprender a
perdonar, vivir la felicidad del prójimo.
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