Empezamos a vivir el Tiempo de Adviento
El adviento tiene su significado de “Llegada”. ¿Pero quién
viene? La pregunta más perfecta para el hombre, que lo ignora que Dios viene
para hacer una nueva vida, una vida de felicidad dentro de nuestras propias debilidades,
de no poder amar, no poder pasar a la otra orilla.
Es la realidad real que se vive día a día, de entrar en la
gran carrera del éxito, de querer ser, para llegar a ser nadie, una mercancía
para el mundo. Buscar la fama, el reconocimiento de la inteligencia sin
servicio, sin amor, solo con la existencia de vivir en el balcón de una
soberbia, egoísmos, de no vivir prójimo.
Tener dinero para no disfrutar, guardarlo, para respirar avaricia de
poder, sin reino ni familia, simplemente vivir una pobreza material y
espiritual. Vivir la eutanasia mercantilista, la esclavitud de tus propias
debilidades, vivir sin Dios.
Vivir sin Dios, se refleja en los sentidos de no poder
escuchar ni ver la creación que da al hombre para que sea feliz. De vivir lo
que vive la naturaleza con sus estaciones.
De vivir un invierno, la
muerte, sin dar fruto, la sequedad de no respirar vida. Llega la primavera, los
puntos verdes en el tallo de un árbol, es la llegada de Dios a tú vida, el
adviento, de respirar vida para dar fruto, de dar amor. Pero el tiempo pasa y
llega el verano, los días calurosos, donde el hombre empieza, ya, vivir la vida
de adultez, la razón que empieza a dar respuestas, de la verdad, que Dios
existe y el hombre necesita para vivir, por ser imagen y semejanza. Por ultimo
llega el otoño, entrando a la vejez, luego de haber disfrutado la juventud, la
esencia del florecimiento de la vida, el esplendor de la creación del hombre,
de vivir o vivir el engaño del propio hombre, de creerse Dios, imaginando que
nunca va a envejecer, olvidándose de trasmitir la Fe a la nueva generación, a nuestros
hijos. Ayudando a los hijos de tus hijos, el presente y futuro, sabiendo vivir el
presente.
El adviento ha llegado, la
conversión, del hombre viejo a un nuevo hombre de Espíritu. La nueva creación
como el Alfarero, el moldear la arcilla, el barro, para hacer una figura. La
figura de amar al otro, el otro es Cristo, la nueva evangelización, empezando
primero por mí. De la muerte a la vida,
de las tinieblas a la luz.
El tiempo de Adviento, de poner el cuerpo, poner la voluntad,
de vencer el miedo, dejar una ranura, donde pueda entrar Jesucristo, el hijo de
Dios que venció a la muerte y nos hizo libres, con el libre albedrio de tomar
decisiones de abrir la puerta de la vida.
Pero si persiste la terquedad, el cálculo razonado, los
conceptos de hombre, la elite de la inteligencia artificial, para vivir el
confort de una vida vaga, sin el pronunciamiento de una palabra de aliento, de
vida. De saber soñar, tener metas, objetivos y saber llegar. Significa estar
vivo, para vivir familia, vivir comunidad, vivir la esencia de Cristo
resucitado, la promesa que vuelve.
Pero hay que saber esperar. ¿Pero que espero? La pregunta que
cala en la profundidad del ser. Espero el milagro de sacarme la lotería, el
regalo perfecto de Santa Claus, el viejo de barba que ofrece y cumple si tienes
dinero. Espero sanar, no sufrir. Un pensamiento no cristiano, de vivir las
fantasías de religiones como Pare de sufrir, el engaño del hombre que está
ciego y sordo.
¿Qué espero? ¿Espero la vendida del hijo de Dios? Respuesta
que la puedes dar cuando entres al aposento, a tú templo, entrar en la
profundidad de tú soledad y encontrarte en el mar de los espejismos, una
religiosidad natural, el ateísmo creyente, de ponerlo a Dios atrás, que nos
siga, que haga mi voluntad.
Verdaderamente tengo la certeza que viene el Señor vestido de
majestad, a destruir a todos mis enemigos, darme vida en medio de una
enfermedad, de vivir en la pre-caridad, con la dignidad de hijo de Dios, el príncipe
de la luz.
Tú decides esperar a Dios en construir familia, o esperas tus éxitos destruyendo la familia, los cimientos del verdadero éxito del Hombre. Ya lo dice la palabra “Si el Señor no construye, en vano se cansan los constructores”
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