Cristo Rey de Reyes
Una fiesta muy importante para el hombre, para la religión
católica, el cristianismo, de poder reconocer en tú vida, que Jesucristo es Rey
de Reyes, que no hay otro Rey, donde el hombre pueda reconocer y doblar su
rodilla. En teoría es fácil reconocer y gritar que Jesucristo es el único Rey,
pero debe enfrentarse a una idolatría del mundo, que emerge de los más profundo
de su ser, la necesidad de adorar o reconocer a otros reyes de la sociedad,
donde el hombre pierde su vida, su identidad, de vivir la esclavitud de los
placeres, un Rey de vanidades.
Un Rey que ha venido del cielo, que ha llegado para dar el
testimonio de servir, de morir por el prójimo, de amar al más débil, que se
enfrenta a los Reyes del conocimiento, de la inteligencia, de la concupiscencia
del hombre. Una guerra del poder económico, político, que con lleva al
enfrentamiento del hombre con el hombre, de imponer una razón, un poder de
mezquindad, de creerse Dios.
El enfrentamiento de la razón, de la ignorancia del
conocimiento de hombre, frente a la sabiduría, al amor, de dar y no recibir, de
servir y no ser servido, de compartir y convivir con el más débil de un
Jesucristo resucitado.
Tener en tú vida a un Jesucristo vivo, resucitado, significa
que eres libre de pensamiento, una sabiduría para discernir un aparente bien,
tomar decisiones y actuar. Discernir la maldad del hombre que se viste de gala,
de traje de engaño, de construir las trampas de un poder cimentado en la arena.
Esta libertad te da la gracia de experimentar el Espíritu de inteligencia, el
espíritu de consejo y fortaleza, el espíritu de sabiduría, para vencer el al
mal con amor.
Esta sabiduría enloquece al hombre inteligente, que siempre
mide sus decisiones, cálculos unilaterales, de esforzarse en maquillar los
números con el fin de obtener mayores réditos, que al final del camino de los
años, cuando las cienes se han poblado de años, hay una respuesta no esperada,
un dolor causado por la juventud de aquellos años, que se hace presente. Una
inteligencia sin sabiduría que está pasando la factura de una soledad sin
dignidad, una enfermedad sin amor y una vejez mercantilista que lleva a la
muerte del SER y la muerte física.
La idolatría del hombre de crear Dioses, Reyes, por el mismo
miedo de no enfrentar su realidad, de vivir el presente, crea seguridades al
futuro sin haber sanado la historia de un pasado incierto, lleno de amarguras.
Se proclama ateo, el resentimiento con Dios, el causante de los sufrimientos,
por la libertad que Dios da al hombre y toma decisiones con pasiones, sin saber
¿quién es Dios en tú vida? La verdad no es verdad para el hombre, por el mismo
miedo no aceptar que se equivocó, que no puede más, busca un culpable, de
esclavizar al propio hombre, el causante de los tropiezos, de la ira de querer
reconocer que hay un Dios, un Rey de reyes, pero la soberbia puede más, Dios no
existe, existe mi inteligencia, mi fuerza, mi experiencia, mi Yo.
Un problema muy serio de vivir mi YO, porque sabe dar
respuestas, cree en Dios, profesa como Rey, porque su inteligencia le susurra
al oído. El porsiacaso, que, si hay vida eterna, hay un Rey de amor y
misericordia, me esfuerzo el dar una moneda para comprar amor, comprar amigos,
comprar salud, comprar bienestar, etc. Este mismo porsiacaso convierte al
hombre en un fracasado, de quedarse mirando el ombligo, de no poder ver más
allá a través de la ventada de la vida, de la ventana del prójimo, de la
ventana de la creación de Dios, que no es otra cosa la Felicidad del
hombre.
Una felicidad que el hombre lo busca en otras teorías,
modelos económicos, construyendo siempre la Torre de Babel, el poder sin
comunión, el poder sin unidad, del poder sin asamblea, el poder sin
humildad. Siempre el hombre buscando el
poder, la felicidad sin Dios.
Cuando el hombre se dé cuenta, que ya no puede más, mira a
Dios, el Rey de reyes, el hombre vuelve al origen, ser una criatura, hijo de
Dios, el hijo prodigo que vuelve al Padre, lo demás llega por añadidura.
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