El hombre esclavo de su
propia razón, disparando pólvora para mantener el poder y tener vida.
La vida se esfuma en segundos, un cambio que el hombre no
está preparado, por cuanto en el razonamiento, pensamos que tenemos vida para
largo, que podemos frenar, embragar y poner en marcha el motor para conquistar
el mundo. Pero ya en la realidad, en lo espiritual, no somos dueños de nuestra
vida, nadie puede garantizar que mañana seguiré viviendo, que puedo poner el
freno de mano, para tomar un respiro y después seguir caminando.
En la lógica, en la razón,
siempre estará cobijada con el egoísmo y soberbia, de ser intocable, que
lo puedo en mis fuerzas, como llevar a cuestas un quintal de papas, con una en
mal estado. Durante el caminar y el tiempo que da respuestas, se tendrá un quintal
en descomposición, con los sentidos sin vida, sin el olfato y visión para poder
ver la traición y oler el sudor de la adrenalina que quiere jalar el gatillo de
un arma.
Jalar el gatillo envuelve la gula y ansia de poder, la
intranquilidad que hay una verdad que no puede ser verdad, pero que entra en el
juego de confiar en la razón, que se puede vencer a la avaricia monetaria como
avaricia de poder, con el miedo del poder de la constitución, con el mamotreto
de leyes sin contenido, pero con la destrucción de la palabra, quedando muda,
con el eslogan “llegaremos hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga”.
Miedos que hacen perder la identidad de hombre, identidad de
un ser humano, identidad de prójimo. Se contextualizan los conceptos para poder
determinar porque el hombre no puede ser feliz, busca ser alguien en la vida,
busca el poder, el pan, pan, pan. El tiroteo de los miedos de imponer una
verdad sin amor, sin Espíritu de Dios.
Al perder del Espíritu de Dios, el hombre pierde su libertad
de hombre y le toca enfrentar al: Mundo, demonio y carne.
El mundo que representa, la Babilonia de los placeres, el
mercantilismo, la codicia de ser Dios, de dar cabida a los conceptos de cóncavo
y convexo que el hombre crea a Dios, como el amuleto de la buena suerte, para
conquistar el mundo irreal sin ley ni Dios. De vivir la soledad sin sentirlo,
mientras el paladar saboree el elixir de la juventud, el olor a perfume de
pasión.
El demonio que no es otra cosa, que la razón, domina a los
demás sentidos para sumergirse en el valle de las tentaciones, para ser el
nuevo esclavo, sin la dignidad de hombre, sin el norte de soñar, de saborear la
creación de Dios. El mendigo de extender la mano, en la búsqueda de una gota de
agua con vida, una gota de agua con amor ha prójimo.
La carne, son las bajas pasiones, la perdición del hombre, de
vivir para sí mismo, con la mirada hacia el suelo, de no tener esperanza,
prisionero de su propia razón de sobrevivencia, con la impronta de hacer daño,
imponer miedo para satisfacer su propio miedo, el rencor de no conocer la
misericordia, que el hombre puede volver a nacer, vivir una resurrección de
Cristo resucitado.
La gran Babilonia es eso, placeres de poder, donde el hombre
debe jalar el gatillo para mantener el poder. Matando la identidad, barriendo
lo que estorba en el camino, construyendo la TORRE DE BABEL, el sinónimo del
hombre sin Dios.
Nuestro país estamos viviendo una ola de violencia, la ley de
su propia razón, la ira de impotencia de buscar soluciones sin decisiones, sin
el coraje de visionario, de nadar contra corriente para ver un nuevo amanecer. Que
la familia sea el nuevo útero para dar vida, para crear nuevos caminos.
Pero se necesita alzar los ojos a Dios, crear un liderazgo,
de volver a nacer en Espíritu, que, si hay una esperanza, la nueva evangelización,
la armonía de composiciones con música.
Pero necesitamos que el hombre vuelva a ser libre. ¿Te
arriesgas a ser libre como el viento, pero fuerte como la palabra, de hablar
con la verdad?
Fuerte con sabiduría.
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