domingo, 30 de julio de 2023

 

La libertad de expresión y el miedo de expresar.

 

Unos de los parámetros más importantes, para un desarrollo y crecimiento del hombre es tener una libertad de expresión. El mismo que se encuentra protegido por la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo artículo 19 señala:

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

 

Expresar el sentimiento de una voz de protesta, de un eco que necesita ser escuchado, de la esclavitud que vive el hombre, una esclavitud de conocimiento, educación y de convivencia.

 

Al decir conocimiento nos referimos al conocimiento científico, de una educación de calidad en beneficio de ser visionarios, soñadores, emprendedores, de romper paradigmas, de abrir nuevos caminos en la vida, para dejar huella, una huella de Fe y esperanza. Pero se vive todo lo contrario, un aprendizaje repetitivo sin el verdadero rol de un servicio para la sociedad, un servicio de liderazgo y mentarías.

 

El hombre deja de ser analfabeto, aprende a leer y escribir, pero no sale de la ignorancia a pesar de la tecnología del siglo XXI. Se encierra en una burbuja de saber y no saber, donde el miedo a lo desconocido y a su vez a su propia identidad, hace no que vea la realidad, el norte y termine viéndose su propio ombligo, encarcelado en su YO, un ego de esclavo sin poder expresar su impotencia de no tener un aprendizaje que le haga competitivo, quedándose marcado como una impronta, no puedo, sin libertad de conocimiento y aprendizaje.

 

Como no hay libertad de aprendizaje, tampoco hay una libertad de investigar, se esfuma y quedan los silbatos de lo que pudo ser, del olvido. Llegan nuevos actores de una democracia, el populismo, la demagogia, confundiendo al hombre como conocimiento científico, pero la realidad es otra, el cansancio, de vivir el ocaso de la existencia, termina vendiendo su primogenitura, su vida por el plato de lentejas, que representa la sabiduría y discernimiento para tomar decisiones. Ha perdido su libertad de expresión.

 

El hombre esclavo de las cadenas invisibles, ya no tiene una meta, le invade la ira, por tener competencia. El egoísmo racional lo mío es mío, se destruye el derecho real de la comuna, la asociatividad del bien común, para convertirse en el financista de un desarrollo mercantil, sin piedad, sin el derecho de expresión.

 

No hay información, ya no tiene nada que escuchar el hombre, oír sí.  Oye los latidos de dolor de una madre, de un hijo, del pueblo que grita, sin libertad para expresar su eco de ser humano.

 

Como remedio al cáncer de la libertad de expresión, crean las leyes, los derechos de ser escuchados, pero la parte auditiva se ha perdido, hay la sordera gubernamental, la sordera política, sordera económica y social. Se debe comprar los audífonos, pero quien los compra, el gobierno, el empresario, el político, los tres mosqueteros que defienden su libertad de expresión ante el pueblo que grita ser escuchado.

 

 

 

Necesitamos romper las cadenas invisibles de la razón, de la manipulación del conocimiento. De volver a construir familia, recuperar la identidad de hombre, para pisar en tierra fértil, dejando huella, para las nuevas generaciones.  

 

Que la verdadera libertad de expresión sea el puente entre el conocimiento científico y la sabiduría, para un desarrollo, destruyendo así al politiquero, populista y demagogo, que siempre cobijados por la ley y derechos de su autoría han jugado con la esperanza de un pueblo.

 

La libertad de expresión es el eco de un pueblo, el derecho de expresar y construir sobre la roca sólida, de vencer el miedo y ser libres. 

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