La libertad
de expresión y el miedo de expresar.
Unos de los parámetros más importantes, para un desarrollo y
crecimiento del hombre es tener una libertad de expresión. El mismo que se
encuentra protegido por la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo
artículo 19 señala:
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de
expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus
opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de
difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.
Expresar el sentimiento de una voz
de protesta, de un eco que necesita ser escuchado, de la esclavitud que vive el
hombre, una esclavitud de conocimiento, educación y de convivencia.
Al decir conocimiento nos
referimos al conocimiento científico, de una educación de calidad en beneficio
de ser visionarios, soñadores, emprendedores, de romper paradigmas, de abrir
nuevos caminos en la vida, para dejar huella, una huella de Fe y esperanza.
Pero se vive todo lo contrario, un aprendizaje repetitivo sin el verdadero rol
de un servicio para la sociedad, un servicio de liderazgo y mentarías.
El hombre deja de ser analfabeto,
aprende a leer y escribir, pero no sale de la ignorancia a pesar de la
tecnología del siglo XXI. Se encierra en una burbuja de saber y no saber, donde
el miedo a lo desconocido y a su vez a su propia identidad, hace no que vea la
realidad, el norte y termine viéndose su propio ombligo, encarcelado en su YO,
un ego de esclavo sin poder expresar su impotencia de no tener un aprendizaje
que le haga competitivo, quedándose marcado como una impronta, no puedo, sin
libertad de conocimiento y aprendizaje.
Como no hay libertad de
aprendizaje, tampoco hay una libertad de investigar, se esfuma y quedan los
silbatos de lo que pudo ser, del olvido. Llegan nuevos actores de una
democracia, el populismo, la demagogia, confundiendo al hombre como
conocimiento científico, pero la realidad es otra, el cansancio, de vivir el
ocaso de la existencia, termina vendiendo su primogenitura, su vida por el
plato de lentejas, que representa la sabiduría y discernimiento para tomar
decisiones. Ha perdido su libertad de expresión.
El hombre esclavo de las cadenas
invisibles, ya no tiene una meta, le invade la ira, por tener competencia. El
egoísmo racional lo mío es mío, se destruye el derecho real de la comuna, la asociatividad del bien común, para convertirse
en el financista de un desarrollo mercantil, sin piedad, sin el derecho de
expresión.
No
hay información, ya no tiene nada que escuchar el hombre, oír sí. Oye los latidos de dolor de una madre, de un
hijo, del pueblo que grita, sin libertad para expresar su eco de ser humano.
Como
remedio al cáncer de la libertad de expresión, crean las leyes, los derechos de
ser escuchados, pero la parte auditiva se ha perdido, hay la sordera
gubernamental, la sordera política, sordera económica y social. Se debe comprar
los audífonos, pero quien los compra, el gobierno, el empresario, el político,
los tres mosqueteros que defienden su libertad de expresión ante el pueblo que
grita ser escuchado.
Necesitamos
romper las cadenas invisibles de la razón, de la manipulación del conocimiento.
De volver a construir familia, recuperar la identidad de hombre, para pisar en
tierra fértil, dejando huella, para las nuevas generaciones.
Que
la verdadera libertad de expresión sea el puente entre el conocimiento
científico y la sabiduría, para un desarrollo, destruyendo así al politiquero,
populista y demagogo, que siempre cobijados por la ley y derechos de su autoría
han jugado con la esperanza de un pueblo.
La
libertad de expresión es el eco de un pueblo, el derecho de expresar y
construir sobre la roca sólida, de vencer el miedo y ser libres.
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