lunes, 1 de mayo de 2023

 La mentira en la democracia de un pueblo

 

La naturaleza del hombre es que tiene una estructura de cinco sentidos: La visión, la parte auditiva, el olfato, el gusto y el tacto. Que permiten tener el contacto directo con la parte externa del mundo o de su propio hábitat para experimentar un desarrollo que a su vez se transforma en un bienestar social y familiar.

 

La estructura de los sentidos permite al hombre ser libre, libre en sabiduría, libre en temor a Dios, libre en pensamiento, libre en expresión, libre en soñar y tomar decisiones.

 

Una libertad que se pierde como tal por la razón, que permite al hombre la facultad de existir y discernir acompañada por las emociones, consecuente del razonamiento lógico.

 

Nace la esclavitud del hombre en sus propias decisiones, donde los sentidos ya no ejercen su razón de ser. Ya no puede escuchar la verdad, el eco de volver a la ser libre. La visión de águila desaparece para quedarse con la visión de un hombre esclavo, perdedor, sin sueños, sin las ganas de romper esquemas y paradigmas.

 

El hombre esclavo de su propia razón pierde la sal, el gusto de servir, la sazón de la vida, ha perdido su dignidad e identidad. Ya no vive el aroma a familia, el olor a Cristo resucitado, ni tampoco topar a Dios en el prójimo.

 

Solo así se puede entender de cómo vive el hombre, en el sainete, satirizando su propia realidad, cobijados por la ley, a la interpretación directa de crear el teatro de la democracia, el lavado de manos con agua purificada, ganándole a Poncio Pilatos, que sentencio a muerte de cruz a Cristo.

 

Es la realidad que vivimos, la democracia participativa según el politiquero sin saber que es política, pero se hace elegir, para ejercer el poder. El poder para tener poder y fomentar el miedo.

 

El hombre esclavo de su propia razón que puede elegir en democracia, otro ciego de su realidad, pero el poder le abre los ojos, el colirio de vivir la avaricia, cavando su propia tumba de morir como esclavo, solo, enfermo, acompañado de la vejez.

 

Se enfrenan los poderes: El poder Legislativo con su razón, el primer poder de legislar, controlar y representar la voz del pueblo. Pero es divido por el poder Ejecutivo, la compra de conciencias, con su razonamiento que el hombre esclavo tiene un precio, la inmadurez de persona sin identidad.

 

Medir fuerzas, la razón sustentada en la ley, la constitución, mientras que el pueblo pide que se vayan a la casa todos. Oídos sordos de buscar su propia verdad, la verdad del valor de un voto en el plenario parlamentario. La sonrisa del poder ejecutivo que divide, llevando agua a su molino.

 

Mientras miden poder, el pueblo vive una incertidumbre de dolor, impotencia, por cuanto una minoría del pueblo ha tomado el camino de vivir bajo su propia ley, la delincuencia organizada, dominar las calles con sus propios aranceles como un derecho ganado.

 

El miedo está ahí, la razón no da brazo a torcer, el politiquero llamado político nos miente bajo el concepto de democracia. La justificación de defender al pueblo frente al micrófono, la noticia que son ángeles, los enviados de Dios, para defender a la patria.

 

Cosas simpáticas que se vive en democracia, donde el Alzheimer es el factor común en un proceso electoral. El pueblo se olvida por una palabra, por una promesa, por un poema, la lágrima de ser pueblo, que necesita el voto, el voto popular.

 

Al final la razón extiende los tentáculos para imponer una mentira en democracia, la acción de protección de un Juez, y todo sigue igual.

 

Hay que mentir porque estoy en democracia de una razón sin razón. 

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