La vida es para saber vivir.
Pensamos que la vida de los abuelos fue mejor, no existía el
dolor, el sufrimiento, la corrupción política, la viveza criolla. Pero si
revisamos la historia con la sabiduría, eliminando por un instante la
inteligencia de hombre, podemos visualizar la realidad, la sobrevivencia frente
al poder económico del momento.
Sí queremos determinar diferencia alguna entre el ayer y el
hoy, podemos sumar la era tecnológica, la comunicación que fluye a la velocidad.
El pasquín utilizado para hacer daño al hombre, abarcaba un perímetro, ese
mismo pasquín que fluye en las redes sociales se expande satíricamente con un
daño moral a mayor escala.
La maldad del hombre siempre ha estado ahí, en el corazón, en
su propio pensamiento, desde el mismo momento que se aparta de Dios, sustituye
la sabiduría por la inteligencia, la luz por la oscuridad, la serenidad por el
capricho, la humildad por el prestigio. El coraje de pisar al hombre, de hacer
sentir el poder, quien da la orden y quien debe acatar, con el privilegio de
imponer la razón.
No podemos decir que el ayer fue mejor, todo es relativo al
momento, al descubrimiento y la conquista. El dolor, el grito de impotencia
siempre será el mismo, talvez con la diferencia del abrazo de la solidaridad,
el abrazo del amigo, el abrazo de la esperanza.
Experimentar la muerte de un ser querido siempre ha estado
ahí, con la diferencia que se descansaba en la palabra de Dios, hoy se descansa
en la razón, la loca de la cabeza que genera la muerte de la existencia, “Quién
es Dios” “Quién soy Yo”. Diferencias que marcan en las huellas del ayer, con la
huella que pretende dejar hoy.
La soledad del hombre, el sentimiento de la tristeza por la
carencia de un afecto, de una palmeada de la mano de Dios siempre será igual,
porque es una decisión que el hombre toma frente a su realidad, a su capacidad
de amar, a su capacidad de vivir el momento o quedarse en la nostalgia,
añorando lo que fue, lo que pudo ser o la fantasía de lo imaginario.
Es el discernimiento del hombre que determina que hacer
frente a la soledad, dolor, muerte, enfermedad y vejez. Circunstancias que el
hombre debe pasar, que no se puede esquivar, pero si enfrentarlos no con poder,
pero si con la fortaleza y la esperanza que son tiempos de purificación para
entrar en la voluntad de Dios.
No podemos decir que el ayer, la historia es mejor que hoy.
Sí hay diferencias, en conocimiento científico, en los descubrimientos. Pero
los sentimientos siempre han sido los mismo, lo que ha cambiado son los
actitudes y aptitudes de saber enfrentar a tal acontecimiento o las destrezas a
desarrollar frente a la carencia de las necesidades.
Podemos decir que hoy el hombre vive una soledad, encarcelado
en su propia razón, la justificación de no poder vencer al NO. El miedo
inminente de su egoísmo, de siempre ser el primero, el YO, la avaricia de los
afectos que se encuentran escondidos en el sentimiento de no expresar y no
saber vivir el amor.
La realidad que el hombre se satisface en la muerte de su
SER, en la miseria de un hombre sin identidad, sin el faro de un nuevo norte.
Es la vida de la ciudad, el consumismo, la libertad de una familia destruida,
pero con los perfumes de marca, que tratan de cubrir la enfermedad, la
enfermedad de la autoestima, la depresión de un razonamiento sin Dios.
El ayer es historia, si lo viviste bien, si no lo viviste es
el sueño fugas. Queda el presente, el hoy, para enrumbar, el nuevo camino con
las enseñanzas de los tropiezos, caídas. Nuevas huellas de poder y sabiduría,
para entrar al servicio, de servir al prójimo.
El tiempo es el mismo, tú decisión es el que te hace vivir la
aventura del aprendizaje, la sabiduría de Dios.
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