martes, 17 de enero de 2023

 

La vida es para saber vivir.

 

Pensamos que la vida de los abuelos fue mejor, no existía el dolor, el sufrimiento, la corrupción política, la viveza criolla. Pero si revisamos la historia con la sabiduría, eliminando por un instante la inteligencia de hombre, podemos visualizar la realidad, la sobrevivencia frente al poder económico del momento.

 

Sí queremos determinar diferencia alguna entre el ayer y el hoy, podemos sumar la era tecnológica, la comunicación que fluye a la velocidad. El pasquín utilizado para hacer daño al hombre, abarcaba un perímetro, ese mismo pasquín que fluye en las redes sociales se expande satíricamente con un daño moral a mayor escala.

 

La maldad del hombre siempre ha estado ahí, en el corazón, en su propio pensamiento, desde el mismo momento que se aparta de Dios, sustituye la sabiduría por la inteligencia, la luz por la oscuridad, la serenidad por el capricho, la humildad por el prestigio. El coraje de pisar al hombre, de hacer sentir el poder, quien da la orden y quien debe acatar, con el privilegio de imponer la razón.

 

No podemos decir que el ayer fue mejor, todo es relativo al momento, al descubrimiento y la conquista. El dolor, el grito de impotencia siempre será el mismo, talvez con la diferencia del abrazo de la solidaridad, el abrazo del amigo, el abrazo de la esperanza.

 

Experimentar la muerte de un ser querido siempre ha estado ahí, con la diferencia que se descansaba en la palabra de Dios, hoy se descansa en la razón, la loca de la cabeza que genera la muerte de la existencia, “Quién es Dios” “Quién soy Yo”. Diferencias que marcan en las huellas del ayer, con la huella que pretende dejar hoy.

 

La soledad del hombre, el sentimiento de la tristeza por la carencia de un afecto, de una palmeada de la mano de Dios siempre será igual, porque es una decisión que el hombre toma frente a su realidad, a su capacidad de amar, a su capacidad de vivir el momento o quedarse en la nostalgia, añorando lo que fue, lo que pudo ser o la fantasía de lo imaginario.

 

Es el discernimiento del hombre que determina que hacer frente a la soledad, dolor, muerte, enfermedad y vejez. Circunstancias que el hombre debe pasar, que no se puede esquivar, pero si enfrentarlos no con poder, pero si con la fortaleza y la esperanza que son tiempos de purificación para entrar en la voluntad de Dios.

 

No podemos decir que el ayer, la historia es mejor que hoy. Sí hay diferencias, en conocimiento científico, en los descubrimientos. Pero los sentimientos siempre han sido los mismo, lo que ha cambiado son los actitudes y aptitudes de saber enfrentar a tal acontecimiento o las destrezas a desarrollar frente a la carencia de las necesidades.

 

Podemos decir que hoy el hombre vive una soledad, encarcelado en su propia razón, la justificación de no poder vencer al NO. El miedo inminente de su egoísmo, de siempre ser el primero, el YO, la avaricia de los afectos que se encuentran escondidos en el sentimiento de no expresar y no saber vivir el amor.

 

La realidad que el hombre se satisface en la muerte de su SER, en la miseria de un hombre sin identidad, sin el faro de un nuevo norte. Es la vida de la ciudad, el consumismo, la libertad de una familia destruida, pero con los perfumes de marca, que tratan de cubrir la enfermedad, la enfermedad de la autoestima, la depresión de un razonamiento sin Dios.

 

El ayer es historia, si lo viviste bien, si no lo viviste es el sueño fugas. Queda el presente, el hoy, para enrumbar, el nuevo camino con las enseñanzas de los tropiezos, caídas. Nuevas huellas de poder y sabiduría, para entrar al servicio, de servir al prójimo.

 

El tiempo es el mismo, tú decisión es el que te hace vivir la aventura del aprendizaje, la sabiduría de Dios.

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