EL TIEMPO DE ADVIENTO, SABER ESPERAR LA LLEGADA DEL HIJO DE DIOS.
El hombre por naturaleza, la percepción de su creación a
imagen y semejanza de Dios, crea en sí un forcejeo entre el conocimiento y el
razonamiento de la búsqueda de la verdad.
Tropiezos, caídas, que se presentan dos respuestas, lógicas y
concretas, de manera inmediata con sus respectivas consecuencias. Determinar que no puedo, un lenguaje de Dios,
que está hablando para una conversión, la destrucción del hombre viejo, el
nacimiento de un nuevo hombre, un hombre en Espíritu. La otra opción de
quedarse caminando en el perímetro de las tristezas sin norte, sin la esperanza
que hay un nuevo amanecer, la búsqueda de un culpable.
El tener la certeza que se necesita de lo alto, la sabiduría,
para combatir el ateísmo social, una carencia de identidad, de amor propio,
para bajar el telón de un espejismo que el hombre crea en la oscuridad de su
propia vida.
El hombre sin Dios, sin la verdad de una búsqueda exhaustiva,
lleva a construir una torre de Babel, la confusión de la verdad, la ceguera de
esperar el milagro de volver a sentir la palmeada de la misericordia.
La importancia de vivir el “Tiempo de adviento”, el saber esperar. La pregunta perfecta “¿Qué
espero?”, o sigo en el camino con las respuestas que todo llega y pasa, cuestión
de tiempo, pero sin esperanza, la ilusión de cambiar, sin el mínimo esfuerzo.
La oscuridad lleva al hombre a vivir en la ceguera, extender
la mano por una moneda de milagros vanos, sin el efecto de una sonrisa de paz,
de exultación de una transfiguración, la luz que libera al hombre de la
esclavitud.
Tiempo de adviento, la certeza que viene, el bálsamo de untar
en el miedo del sufrimiento, el ahogamiento al vivir diario, de las fatigas de
no saber amar y perdonar. La llegada de la misericordia, el aprendizaje de
vivir el hoy, el vivir la armonía de oler a Cristo, el perfume de una nueva
evangelización, la buena noticia que Dios es amor, ha vencido a la muerte.
La nueva evangelización, que somos libres, que estamos a la
expectativa que viene, pero hay que labrar primero la tierra, para sembrar la
semilla. La semilla debe morir para dar frutos. Tú y Yo, debemos entrar en este
camino, de anunciar al ateísmo, que lo anormal no es normal, la vida es de
Dios, el autorizado de juzgar.
Un tiempo de reconciliación con uno mismo, para esperar con
la verdadera certeza que Jesucristo viene, como el niño espera un regalo en
navidad, el trabajador, empleado espera el décimo para cubrir las necesidades
personales, familiares. Es la verdad.
El hombre espera en su profundidad de su ser, hay el anhelo
de cambiar, de esperar ese cambio, que lo hace en sus fuerzas del conocimiento,
de la inteligencia, etc. Pero no hay la iniciativa, lo ignora, que el cambio es
gratis, lo hace Jesucristo resucitado. Es posible llevar el sufrimiento de un
cáncer, la muerte de un ser querido, el desempleo, la pre-caridad. La esperanza
anhelada por el hombre, el bálsamo de calmar la sed de la injusticia social.
El tiempo de adviento que nos invita a estar preparados, que
la vida tiene sus encantos como la alegría de un amanecer, para iniciar la jornada
de trabajo, el atardecer, la jornada de trabajo ha terminado. El milagro diario
de Dios hacia el hombre, de la conversión diaria, que el futuro no existe, el
ayer es historia.
La nueva evangelización vencerá al ateísmo, la enfermedad del
intelectualismo está destruyendo la familia “Dios no existe”.
Dios existe, está entre nosotros, cuando hay el perdón y el
amor, pero necesitamos ser los primeros en perdonar, esperar en Jesucristo
resucitado. ¿Estás dispuesto?
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