Para nacer hay una fecha segura,
dando el primer grito a la vida, el grito de la seguridad a lo desconocido. El
cambio rotundo de aprender todos los
días, desde saber pronunciar las
primeras palabras, el lenguaje de comunicación. El camino de: bebé,
niño, adolecente, adulto y vejez. La verdad, que es frágil al pensamiento de
los conceptos, que marcan huellas, de respecto a la ignorancia, de
un deseo material insaciable, que cala en la identidad del hombre.
Entre los dos puntos nacer y
morir, no hay una ciencia, un manual a seguir, para gritar en el monte más alto
de la vida, eureka, la epifanía de
la salvación bajo inteligencia razonable. Discrepancias que enloquecen al
hombre frente al dolor, a la pérdida de un ser querido o al mismo cáncer, una
alerta amarilla que la muerte está en el umbral de la puerta.
Los miedos que abren la cortina de
caminos escabrosos de la vida, apoyados ante el antagonismo de escribir en la propia historia sin valor
agregado, cubierto por el orgullo,
escondido de la falsa piedad y
humildad por llegar a la meta sin medalla. La tristeza crea las olas para
ahogar a la verdad y morir, porque toca morir.
No debe ser así, el hombre tiene
una misión, ser la luz para el prójimo, el faro de los navegantes de ilusiones,
que guiara el rumbo luego de un oleaje de
tristezas, para caminar por la paz espiritual, donde no entra el
mercantilismo de las ideas, pero si el amor, el amor de servir, el amor de vivir, el camino de hacer la
voluntad de Dios.
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