Hemos vivido el domingo de Ramos,
la entrada de Jesús a Jerusalén, donde
lo proclaman Rey, a la semana humillado, condenado a morir una muerte de
cruz, como el peor malhechor de la historia. Lo importante de este acontecimiento
la obediencia del Hijo al Padre, de
salvar al hombre de la esclavitud, de su
ignorancia, cerrados a su propio escándalo, de no saber amar y alienarse
en la razón de hacer el mal.
El mal nace al no saber escuchar,
no respetar, o reconocer la esencia del amor, como el engranaje de la vida, en
la sumisión de un solo Dios sin dogmatismo, basado en la humildad del amor al
prójimo. Han pasado dos mil años, el
hombre sigue buscando la causa del sufrimiento, al no encontrar respuesta,
busca un culpable que recae en el más débil, en el inocente.
Cuando muere el inocente, e
invade la tristeza que se arraiga en la
profundidad del propio ser, donde el
alma muere y el Espíritu envejece, callando en el silencio de la oscuridad de los
gritos del inocente, que el hombre no escucha, oye el susurro de la
vanidad, el poder de someter, con el dolor del poder que destila odio e ira por
dominar la razón como edicto real.
La realidad que vivimos, siglo
veinte y uno, que seguimos en el irrespeto a la lógica de la vida, dejando
morir la familia, por el gran escándalo de ser sumiso ante la palabra que tiene
poder para cambiar. Salen falsos profetas con profecías de muerte a la vida,
los derechos que encarcelan a su propia lucha por no saber escuchar y ver en la
profundidad de la creación de Dios, el edén de la vida.
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