Papá puedo portar una
arma y chaleco antibalas.
Pensamos que las soluciones a los problemas son con
respuestas del momento, sin la debida planificación de los resultados que
traerían consigo en corto y mediano plazo. Como dice un refrán popular “Es peor
el remedio que la enfermedad”.
Este refrán se acopla desde el momento que el Señor
Presidente autorizó a los civiles la tenencia y porte de armas, como defensa personal,
para enfrentar a la delincuencia, narcotráfico y crimen organizado. Palabras
textuales del gobierno, la rajada de las vestiduras, como la gran hazaña para
desintegrar a la organización delictiva.
Palabra suelta, palabra ida, sin la concordancia de un
bienestar familiar con la niñez, juventud y pueblo en general de tener la capacidad
para discernir con sabiduría en un hecho delictivo de salvar su vida, de actuar
en defensa personal, para luego enfrentar la ley.
Se presenta la audacia, la terquedad, frente a una decisión,
de un pueblo que se encuentra viviendo un nerviosismo, que cualquier individuo
que circule por una ciudadela, por un negocio, una institución educativa, es
sospechosa de catalogar como un ladrón (palabra popular). Peor aún sí se
moviliza en una motocicleta, es comprobar la hipótesis bajo la razón y dar una
sentencia que es un delincuente, que está por actuar.
Un decreto ejecutivo que lleva al enfrentamiento de la razón,
la ira, soberbia, convertirse en juez, la sentencia de muerte. La medición de
fuerzas ya con definiciones razonadas del bueno y el malo. Preparados con el
nerviosismo de escuchar el pan, pan, pan, olor a pólvora, el trofeo o medalla
de uno menos.
Un problema serio, con una transcendencia no entendible en el
ámbito de la sabiduría, del espíritu de Dios. Se rompe el cordón umbilical
entre Dios y familia, donde el hombre se convierte en cazarrecompensas de poder
frente a la ley sin Dios, sin conciencia, de convertirse en un Ciudadano exitoso,
el ejemplo a seguir.
Un decreto que desquebraja a la familia, la enseñanza de valores,
honestidad, donde la intimidad e integridad se desvanece en las palabras que el
Padre pronuncia sobre amor y fe. La penumbra de entrar al túnel de la ira, la
impotencia de dar solución al caos social del hombre sin Dios, ser el propio
Dios, la muerte óntica del ser, el hombre sin esperanza.
La misma ceguera no cuantifica
la consecuencia que trae consigo de tomar la justicia sin moral, sin la preparación
psicológica que al frente se encuentra otra vida humana que no tiene norte, sin
sueños, sin esperanza, sin conocer a Dios. La presencia de la muerte tapiñada,
engañosa de presentar un abanico de soluciones, verdades de muerte, la manzana
apetitosa que se convierte en el grito alarido de miedo y terror.
Circunstancias que la familia tiene que enfrentar la guerra
sin causa, el poder de un territorio ganado por imponer miedo, al hombre sin el
lenguaje de Dios, donde la palabra ha perdido el poder, pasar a la esclavitud
de la razón, de buscar quien tiene la razón de portar el arma.
El yo en primera persona, que externamente es el hombre
intachable, el mismo Dios de su propio ego que es un ladrón de corbata, cuello
blanco, el permiso de la burguesía, el privilegio de hurtar como préstamo a los
servicios de una cloaca burocracia frente al hombre que ha perdido su dignidad
e identidad de persona, que te roba como un medio de subsistencia, profesión de
la calle que vence el más fuerte y domina el territorio con el miedo de matar,
el disparo que se convierte en Dios, el Dios del terror.
La esclavitud del hombre que toca escuchar la melodía, estoy
defendiendo a mi familia. “Hijo no te olvides de llevar el chaleco antibalas,
el arma ya rastrillada lista para disparar, como tiene el permiso respectivo”.
Demuestre quien manda, quien tiene el poder.
Como padres tenemos una decisión de enseñar: Inteligencia de
hombre o sabiduría de Dios. Nuestros hijos copiaran como patrón el accionar,
hechos y lenguaje, lo que se vive en el hogar.
Tú decides para hacer frente al decreto del gobierno, de
portar un arma como defensa personal.
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