lunes, 20 de marzo de 2023

 

Vivir el día de la alegría.

 

La sociedad siempre está en un proceso de llegar a la felicidad, para lo cual busca caminos donde no haya tropiezos y si los hay, que sean fáciles de prevenir sin enfrentar la causa y efecto.  

 

Estamos viviendo el siglo XXI, donde se han creado las nuevas necesidades, la ciencia abre nuevos horizontes en busca de una sociedad satisfecha, sin mirar el costo social, el costo de una persona, el costo de saber vivir y envejecer, para tener la alegría que estoy llegando al ocaso de la vida, al atardecer sin saber si habrá un nuevo amanecer.

 

Nace el miedo, donde la alegría se esfuma o se opaca con las alienaciones, las nuevas tendencias ideológicas, políticas, que enfrenta el hombre, debe acogerlas y entra a la tristeza, como el aparente bien, para el desarrollo personal, local y nacional.

 

Ya no existe los buenos días, se vive el autismo tecnológico, de caminar un norte sin objetivo. Pero al final se camina con el egoísmo de ser solo, no necesitar de la comunicación, la falsa libertad, cuando en realidad se vive la esclavitud de la razón.

 

La falsa libertad sin verdad, donde los sentidos del hombre ya no sienten o saborean los éxitos de una persona o un ser querido. Existe el ego personal, la envidia de lo que quiero ser, pero no hay el mínimo esfuerzo de querer hacer o llegar a la meta.

 

No hay la constancia para romper paradigmas, nuevos retos, de conquistar al mundo con amor, de dar sin esperar nada cambio. Simplemente de ver sonreír al indefenso, de compartir la alegría al estrechar la mano, la mano de nuevos sueños.

 

Esta misma tristeza, permite visualizar la viveza criolla, la viveza de construir sueños en medio del fango, de jugar con la esperanza, de cubrir las necesidades. Nace el político, los honorables de la patria que terminan pintando la felicidad sin hechos, sin pintura real, la pintura de la promesa que nunca llegara.

 

La demagogia y populismo se apropia del razonamiento del hombre, para que griten por una libertad que no existe, pero si existe la ira y el odio, la imposición de un culpable, la mentira hecha verdad.

 

El hombre sigue en una soledad, olvidándose que existe la alegría, calmad la sed de lo inconsistente. Experimenta la eutanasia de la alegría, las promesas de una campaña que serán cumplidas en una próxima campaña electoral, donde florece la palabra sin valor, un ateísmo cíclico, el Dios que cumple.

 

Es la realidad que se vive, en cada paso que da el hombre, se va esclavizando, creando una burbuja de ilusiones ya sin pensamientos, de conquistar algo por la ley de los derechos.

 

 

Se implanto a la sociedad de los derechos, el mandato de tener un derecho a ser feliz sin alegría. Sin importar que estas decisiones de derechos afectan al más débil, al inocente, a la familia, quedando el hombre sin identidad, sin norte, sin soñar, en la muerte del ser.

 

Es duro esta realidad que estamos viviendo, una juventud que absorbió la insensatez del viejo, del padre, que se enfocó a construir la torre de BABEL, por la codicia de poder, de la idolatría de jugar a ser DIOS.  

 

Frente a la descomunión, se puede decir que no hay solución, que todo está perdido. Hay una esperanza, hay una alegría, de saber esperar en Dios, alzar los ojos a Dios, pedir sabiduría.

 

La sabiduría llega cuando la razón es crucificada, muere a los razonamientos de pensamientos e ideologías, que dividen en verdades sin fundamento. Es hora de pedir el auxilio que llega de Dios.

 

Parece fácil, pero depende de una decisión, estás dispuesto de volver a Dios, de vivir, sentir, saborear. La alegría

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