Vivir el día de la alegría.
La sociedad siempre está en un proceso de llegar a la
felicidad, para lo cual busca caminos donde no haya tropiezos y si los hay, que
sean fáciles de prevenir sin enfrentar la causa y efecto.
Estamos viviendo el siglo XXI, donde se han creado las nuevas
necesidades, la ciencia abre nuevos horizontes en busca de una sociedad
satisfecha, sin mirar el costo social, el costo de una persona, el costo de
saber vivir y envejecer, para tener la alegría que estoy llegando al ocaso de
la vida, al atardecer sin saber si habrá un nuevo amanecer.
Nace el miedo, donde la alegría se esfuma o se opaca con las
alienaciones, las nuevas tendencias ideológicas, políticas, que enfrenta el
hombre, debe acogerlas y entra a la tristeza, como el aparente bien, para el
desarrollo personal, local y nacional.
Ya no existe los buenos días, se vive el autismo tecnológico,
de caminar un norte sin objetivo. Pero al final se camina con el egoísmo de ser
solo, no necesitar de la comunicación, la falsa libertad, cuando en realidad se
vive la esclavitud de la razón.
La falsa libertad sin verdad, donde los sentidos del hombre
ya no sienten o saborean los éxitos de una persona o un ser querido. Existe el
ego personal, la envidia de lo que quiero ser, pero no hay el mínimo esfuerzo
de querer hacer o llegar a la meta.
No hay la constancia para romper paradigmas, nuevos retos, de
conquistar al mundo con amor, de dar sin esperar nada cambio. Simplemente de
ver sonreír al indefenso, de compartir la alegría al estrechar la mano, la mano
de nuevos sueños.
Esta misma tristeza, permite visualizar la viveza criolla, la
viveza de construir sueños en medio del fango, de jugar con la esperanza, de
cubrir las necesidades. Nace el político, los honorables de la patria que terminan
pintando la felicidad sin hechos, sin pintura real, la pintura de la promesa
que nunca llegara.
La demagogia y populismo se apropia del razonamiento del
hombre, para que griten por una libertad que no existe, pero si existe la ira y
el odio, la imposición de un culpable, la mentira hecha verdad.
El hombre sigue en una soledad, olvidándose que existe la
alegría, calmad la sed de lo inconsistente. Experimenta la eutanasia de la
alegría, las promesas de una campaña que serán cumplidas en una próxima campaña
electoral, donde florece la palabra sin valor, un ateísmo cíclico, el Dios que
cumple.
Es la realidad que se vive, en cada paso que da el hombre, se
va esclavizando, creando una burbuja de ilusiones ya sin pensamientos, de
conquistar algo por la ley de los derechos.
Se implanto a la sociedad de los derechos, el mandato de
tener un derecho a ser feliz sin alegría. Sin importar que estas decisiones de
derechos afectan al más débil, al inocente, a la familia, quedando el hombre
sin identidad, sin norte, sin soñar, en la muerte del ser.
Es duro esta realidad que estamos viviendo, una juventud que
absorbió la insensatez del viejo, del padre, que se enfocó a construir la torre
de BABEL, por la codicia de poder, de la idolatría de jugar a ser DIOS.
Frente a la descomunión, se puede decir que no hay solución, que
todo está perdido. Hay una esperanza, hay una alegría, de saber esperar en
Dios, alzar los ojos a Dios, pedir sabiduría.
La sabiduría llega cuando la razón es crucificada, muere a
los razonamientos de pensamientos e ideologías, que dividen en verdades sin
fundamento. Es hora de pedir el auxilio que llega de Dios.
Parece fácil, pero depende de una decisión, estás dispuesto de volver a Dios, de vivir, sentir, saborear. La alegría
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