La vida siempre nos trae
sorpresas que el hombre no está preparado para enfrentarlas, porque se olvida
de la esencia misma que es el origen. El
origen de la vida del hombre es el amor, cuatro letras que encierran la felicidad
absoluta, pero no la podemos sentir,
palpar, vivirla, por que dejamos de
mirar al frente, para mirar el pasado o el futuro.
Por eso durante el caminar no
vivimos el hoy, como la esencia de amor que traspasa las barreras de la razón
para acoger y dar vida. El egoísmo que cala en la profundidad del ser, sepulta al amor y se busca un
culpable de los acontecimientos que saben,
a amargura como la hiel de los
sabores de los fracasos.
Estos son las sorpresas que nos
trae la vida, el caminar sobre el fango de la idolatría, de ser el primero sin
importar el otro, sin importar el amor. Nace el individualismo para sumergirse
en el perímetro del YO para ganarle al tiempo en medio de una soledad solitaria
sin comunicación y sin amor.
Ante todo esto hay un culpable,
que la razón convierte, una mentira en una verdad, volviéndose el hombre
esclavo de la verdad de una mentira para
nadar en un mar, lleno de escombros, de resentimientos para entrar en un eutanasia
larga de morir sin morir para, ahogarse
en los conceptos creados, en esa batalla
de querer ganarle al tiempo.
Los culpables son los otros, el
aguijón para el fracaso desde la óptica, de lo convexo del espejo de la vida.
Mis padres, el vecino, el gobierno, la estructura política son los que no me han
dejado triunfar, cuando la verdadera verdad, es que el otro, es la oportunidad para el triunfo. Que esa
estructura política, ese trabajo, esa familia son los bosques espesos a los que
hay que abrir una trocha, para llegar a
beber el agua cristalina que está al otro lado.
Para llegar al otro lado esta el
esfuerzo, el sufrimiento, la constancia, la fortaleza, la paciencia, la
humildad, que se la obtiene apoyados en Dios. Que el amor es eso, de morir uno
para que el otro sea feliz. Se presenta una ambivalencia pero es la verdad como
la madre muere a los dolores de parto para que nazca una vida, un amor de un
sufrimiento, un dolor, un miedo, pero al final pasó al otro lado, para escuchar
el primer grito de una nueva vida, el eco de una esperanza.
Es el estado de gracia que Dios
regala a cada hombre, a cada ser humano, una primogenitura que no se la da
valor, pisoteada y vendida por los placeres
de palabras sin eco y sin definiciones, mudas, encerradas que llevan al hombre
al suicidio de la vida, de ver todo tinieblas, buscando al culpable y luego
terminar con la vida tangible de hombre.
El hombre ha caído a ser esclavo
de su propia conquista, desconociendo que existe la palabra AMOR, que nació por
amor de su madre que permitió que naciera, pero la ceguera de las concupiscencias puede más.
Pero siempre hay una luz a la
cual estamos llamados, de levantarse de mil caídas, a poder pasar al otro lado,
el construir con los cimientos del Espíritu de Dios que es amor. Que se lo
encuentra caminando por aquellos caminos de herradura que se convierten en
panamericanas, para llegar al cielo, al
verdadero amor. Dios.
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