El hombre por su naturaleza
siempre está buscando el poder, para lo cual utiliza la inteligencia y llegar a
cumplir el deseo, lo que es ante la mirada externa, olvidando el poder de la
palabra, que es el amor al prójimo.
Un poder más codiciado es el
poder político, para extender la palabra sin conceptos, simplemente en hacer
conocer quien decide ante el débil, que es el prójimo. Es decir que el
poder crea quimeras de algo verdadero
que no es, pero te hace fuerte por un instante para despertar y vivir en la
soledad de su propia cárcel.
Hoy tienen el poder los
políticos, se desgarran las vestiduras de la verdad, para discutir la ley del matrimonio igualitario, viviendo la extensión
de ser, Santa Claus, que pueden alegrar
el alma a alguien que está contra la naturaleza de la vida, de destruir la
familia.
La imposición de imponer,
manipular, para influir en las decisiones de aquel niño que no puede pensar por
sí mismo y crear en los próximos años la misma amargura que viven con el poder del
momento, con la tendencia de ser lo que no es.
Que distinto cuando el poder es
aplicado para construir, mirando con los ojos del alma, de traspasar la
corriente de aire, la briza de dar, pasar al otro lado, de mirar siempre al
frente, de no tener miedo y no apoyarse en la razón como un Dios que se
desmorona.
El verdadero poder es construir
familia, hacer historia, que las generaciones de las generaciones siempre
perseveren en el poder de la palabra, con los valores de ser uno, en el mismo
amor al prójimo. Es la mejor herencia que se puede dejar a un hijo que el
verdadero poder viene de Dios.
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