Hoy en día se habla de corrupción, la noticia diaria, que
está marcando el camino para dividir al
hombre con su razón, su ser e imponer su
verdad, su Yo, humillando al otro,
¿quién está libre de culpa para votar la primera piedra?
Palabras implícitas
van y vienen, aduciendo que se han perdido los valores y vivimos las
consecuencias. Una verdad que se habla en los balcones de la eficiencia como la
esencia de rumiar la verdad sin acción y
resultados.
¿Se han perdido los
valores?, ¿que se hace para cambiar?. Nos quedamos en la ley, en el
cumplimiento, “cumplo y miento”,
engañándonos a nosotros mismos, sin
honestidad, pero nos consideramos profetas y maestros para dar clases de moral
y honestidad, sin conocer la realidad de la vida.
Cuando se habla de
honestidad, rajándose las vestiduras de pulcritud, juzgando al otro, desaparece
el amor de dar, quedando el concepto en la mente del hombre
como el arma letal para atacar al
prójimo, el jaque mate, “Eres un corrupto y más palabras hirientes”
Una forma de hacer
daño sin medir la consecuencia, permitiendo se haga elástica la ira hasta ganar
una guerra del Yo, con los miedos de enfrentar la verdad, la debilidad de saber,
¿quién soy yo?, el miedo a la muerte del
ser, que se regocija en el sufrimiento, por un elogio efímero cobijado de la
oscuridad de la tristeza.
Si la reacción y
efecto ante la discordia es saber escuchar y callar, se ha ganado una guerra,
la verdad a fluido, la honestidad ha extendido su raíz para ser frondosa, dando
frutos de sabiduría, para el verdadero
visionario de construir sobre la roca. Ser un empresario, un Político, un
maestro, un obrero, un empleado, un ser humano.
La sociedad
necesita hombres honestos probados en la verdad. La respuesta la tenemos Tú y
Yo. ¿Soy honesto?
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